Me juré no decirle la verdad y continuar sorteando el peligro yo solo. Ella era una buena chica que no se merecia ninguna de las sorpresas encerradas en mi saco de ratas muertas y huesos de pollo. Tantas y tantas cucarachas, tantas excrecencias dentro de mi saco de ratas muertas y huesos de pollo. Y, cuando me sonreía, yo le devolvía la sonrisa mirándola fijamente a los ojos y señalándole el mar, el horizonte.

"Por allí nos escaparemos los dos" le aseguraba. Y ella me apretaba la mano un poco más fuerte y me acusaba de ser un trolero. "Liante", me decía.

"A las mujeres no os gusta la mentira" -acepté- para puntualizarle a renglón seguido "pero sí que os gustan los hombres que os mienten".

" ... y tú me mientes", dio ella por sentado.

"Ya me gustaría a mi ser como Casanova o Brummel o Porfirio Rubirosa..."

"¿Eres bueno?".

"No. Pero no miento. Y tampoco soy malo".

"¿Eres cómo todos, entonces?".

"No sé quienes son todos".

Aunque intenté impedírselo, ella desanudó sus dedos de los míos. Me apróxime un poco más a su cara y la acaricié la nuca. Me recordó a una gata.

"Te quiero", le dije.

No. No estaba dispuesto a confesarle a Laura que ese buen amigo que se afanaba por enamorarla en aquella amplia terraza entoldada repleta de mesas vacías, era justo "el hombre del saco".